La batalla de El Álamo

 
En la historia de la expansión territorial de Estados Unidos, pocos episodios alcanzan la notoriedad dramática de la batalla de El Álamo, en la que un grupo de texanos secesionistas se enfrentó a un ejército mexicano numérica y tecnológicamente muy superior y pereció casi hasta el último hombre. La masacre inmisericorde de los pocos que se rindieron, lejos de consolidar la victoria de México y sus derechos sobre el territorio de Texas, sirvió para atizar el encono y el deseo de venganza entre los rebeldes, así como para afirmar la convicción de que era preciso luchar hasta la muerte porque el enemigo no estaba dispuesto a dar cuartel y, por consiguiente, obró a favor de los separatistas. Es opinión común considerar esta breve campaña como el preámbulo de la guerra entre Estados Unidos y México que habría de librarse diez años después.
 
 El estado de Texas, un vasto territorio despoblado del tamaño de Francia, que había sido parte del virreinato de Nueva España y había pasado íntegro a México al tiempo de la independencia (al igual que Nuevo México y la enorme provincia conocida por Alta California) empezaba, pocos años después, a verse infiltrado por inmigrantes anglosajones que no tardaron en aspirar a constituir allí un país independiente. Algunos residentes de habla hispana —que reaccionaron negativamente al centralismo que insistía en imponer en ese momento el gobierno de México— vieron con ilusión este proyecto de independencia.
 
La revolución de Texas empezó en octubre de 1835 y los rebeldes derrotaron a las tropas de México en varios enfrentamientos. Dos meses después, apenas quedaban soldados mexicanos al norte del río Grande, pero el general Santa Anna no estaba dispuesto a aceptar los resultados de lo que consideraba un acto de piratería. En consecuencia, armó una expedición punitiva  para recuperar Texas. Sus soldados habían recibido instrucciones de no hacer prisioneros. 
 
 Para entonces, los soldados texanos habían establecido una guarnición en El Álamo, una antigua misión española cerca de la ciudad de Béjar (actual San Antonio) y la habían convertido en una especie de fuerte fronterizo: Un terreno de poco más de hectárea y media, rodeado por un muro de mampostería de menos de un metro de espesor y unos dos y medio metros de alto. Y aunque contaban con algunas piezas de artillería abandonadas por el Ejército mexicano, carecían de suficientes municiones para ellas, así como de hombres. 
 
Al enterarse de que el general Santa Anna se dirige hacia Béjar con un ejército de más de 6.000 soldados —que, pese a verse diezmado por enfermedades y deserciones, resultaba un adversario formidable—, muchos texanos habitantes de Béjar abandonan la ciudad; Pero la guarnición que se encuentra en El Álamo decide, por el contrario, resistir y pide refuerzos para hacerlo. Estos refuerzos llegan, pero en número exiguo (el total de los defensores nunca llegó a trescientos). A James Bowie, enviado por el general Sam Houston para desmantelar el fuerte, lo convencen de que comparta el mando con William Travis. Bowie y Travis se contarán entre los muertos.
 
A partir del 23 de febrero de 1836, comienza el asedio de parte de los mexicanos, el cual se prolonga, con intercambios diarios de cañonazos y tiros de fusilería, hasta el 6 de marzo en que Santa Anna da la orden de asaltar el sitio por todos los puntos cardinales.  Casi todos los defensores perecieron durante el asalto (incluidos los enfermos a quienes remataron en sus camas), salvo unos pocos que se rindieron y fueron pasados por las armas. Entre estos últimos se dice que estaba el legendario David Crockett. El total de bajas fatales de los defensores oscila, según las fuentes, entre 184 y 257. Los mexicanos tuvieron unas 600 bajas entre muertos y heridos.
 
El vencedor quería hacer un notable escarmiento; Sin embargo, el exceso de rigor resultó contraproducente. Lejos de intimidar o desalentar a los rebeldes, las medidas extremas impuestas por Santa Anna ayudaron a robustecer la causa del enemigo y a darle incentivos a su lucha. El caudillo mexicano cometió el error, además, de dividir sus fuerzas, al objeto de darles mayor movilidad, y resultó derrotado y hecho prisionero por los rebeldes en la batalla de San Jacinto (21 de abril) que le habría de poner fin a la soberanía mexicana en Texas, territorio que no tardaría en proclamarse una república independiente (1836-1945)
 
 
Con el tiempo, Texas pasó a ser un estado de Estados Unidos y Él Álamo entró a formar parte de la historia de la nación: Santuario de peregrinación turística y monumento a la doctrina del Destino Manifiesto.
 
 

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