¿Por qué es tan difícil ver las erratas propias y tan fácil descubrir las ajenas?

Qué fácil es ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio… Y resulta que el popular refrán tiene una versión literaria que no conocíamos: qué fácil es ver la errata en el documento ajeno y no la pifia que acaba de colarse en el tuyo.
 
Cuando leemos un texto escrito por otra persona es muy común que lo primero en que nos fijemos sea en esa palabra a la que le falta una letra, ese error ortográfico o esa expresión repetida una y otra vez. Y lo mismo sucede cuando el autor eres tú: si se lo muestras a cualquier lector, seguramente encontrará fallos incluso donde no los hay.
 
Si alguien corrige sus propios párrafos, la cosa cambia: después de revisarlos una y otra vez, fijándose en el más mínimo detalle, se atreverá a decir que todo está perfecto. ¿Seguro?
 
Esto de encontrar errores con tanta soltura en las palabras de otros no es cuestión de orgullo o estupidez (al menos no siempre), sino que se trata de una cuestión de actitud: le dedicamos toda nuestra atención a lo que estamos haciendo. Y eso, en ciertas ocasiones, trae problemas.
 
Palabras a mí
Tom Stafford, psicólogo de la Universidad de Sheffield, lo explica: “cuando escribes, tratas de expresar un significado y esto es un trabajo de alto nivel”. Para realizar las tareas más complicadas, el cerebro trabaja por partes. De esta manera, establece prioridades y considera algunas de ellas como muy simples y obvias, así que las pasa por alto.
 
Esta estrategia es en realidad una forma de ahorrar: le sirve para gastar menos energía. Sí, nuestro cerebro es un vago y por su culpa pasa lo que pasa.
 
Durante la lectura no le da tiempo a fijarse en todos los detalles, por lo que aplica la simplificación: recopila la información que captan los sentidos y la combina con sus propias expectativas, para darle un significado a cada expresión sin tener que poner demasiado empeño.
 
Sin embargo, cuando leemos un texto por primera vez, como sucede cuando no nos pertenece, no puede utilizar la intuición porque no dispone de ninguna pista previa. Está obligado a prestar atención. No ocurre lo mismo cuando las líneas son nuestras: sabe qué significa cada frase (o eso cree), así que ¿para qué va a molestarse en confirmar la información?
 
La causa por la que no apreciamos los errores que cometemos, por más que observemos detenidamente la pantalla del ordenador, es que la realidad está compitiendo constantemente con esa versión que hemos fabricado inconscientemente en nuestra cabeza mientras escribíamos.
 
 
Un GPS en el cerebro
También ocurre en otras situaciones, como cuando aprendemos la localización de un lugar. El cerebro utiliza las sensaciones que obtenemos del exterior: qué vemos, qué escuchamos, qué olemos en la ruta que nos lleva, por ejemplo, al trabajo. Con todos esos datos construye un mapa que en cierta manera se automatiza. No hace falta que cada mañana elijas el camino que debes tomar, tu cabeza sabe cuáles son las calles correctas.
 
Lo malo es que cuando nos ponemos en ‘modo automático’ dejamos vía libre al cerebro y puede equivocarse. A veces nos encaminamos a la oficina cuando en realidad hemos quedado en otro sitio con unos amigos o nos bajamos en una parada de metro equivocada porque a nuestra cabeza le ha parecido que íbamos a visitar a un familiar.
 
Y no es el único ejemplo de los efectos de esta ‘pereza cerebral’: este piloto automático puede hacer que nos despertemos a las siete de la mañana un sábado, que metamos la caja de cereales en la nevera o que tiremos el paño de cocina a la basura.
 
Pero la estrategia también tiene sus cosas buenas. Volvamos al caso de las palabras. Las personas que han aprendido a escribir en el ordenador sin tener que mirar el teclado saben que han cometido un error antes incluso de verlo aparecer en la pantalla. Su cerebro está tan acostumbrado a transformar pensamientos en letras que enseguida se percatan de que han pulsado la tecla equivocada.
 
Además, puedes utilizar el ‘modo automático’ como excusa la próxima vez que llegues tarde a una cita o cuando metas la pata en alguno de los documentos que tengas que entregarle a tu jefe. Después de todo, no tienes la culpa de que tu cerebro esté siempre en las nubes.

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