"El día que enloquecí" (Historia real)

Una fría mañana de marzo, mientras caminaba hacia mi trabajo, en el periódico New York Post, me ocurrió algo extraño: el cielo estaba tan azul, que me lastimaba la vista, al igual que los rojos, los amarillos y los morados de los carteles. Era como si el mundo se hubiera vuelto más brillante, más intenso, más doloroso. Cuando llegué a la sala de redacción, le pregunté a una compañera:
 
—¿Has sentido alguna vez que no eres tú misma?
 
—Claro —contestó, riendo—. ¡Casi nunca siento que soy yo!
 
Me reí también, pero por dentro estaba preocupada. Hasta hacía poco tiempo había sido una mujer saludable de 24 años, con un novio nuevo y feliz de empezar una carrera. Últimamente, había comenzado a sentir entumecimiento y hormigueo en el lado izquierdo del cuerpo y me sentía mentalmente “apagada”. Entonces, un viernes, enloquecí.
Acababa de empezar a transcribir una entrevista y, sin ningún motivo, me puse a llorar histéricamente. Mis colegas me preguntaron qué me pasaba. Pronto mi emoción cambió, y me puse a saltar en el pasillo. Esa noche me invadió el pánico. ¿Estaba enloqueciendo? Acudí a un neurólogo, quien me envió a hacerme dos estudios de resonancia magnética. No parecía tener nada.
 
—Quizá sea mononucleosis —dijo el médico—. O un virus.
 
Volví a casa, y me acurruqué con mi novio a ver televisión. Él me contó después que de pronto rechiné los dientes, gemí y me mordí la lengua hasta que me desmayé. Ese fue mi primer ataque convulsivo, y lo último que recordaría durante un mes. Por las conversaciones que tuve con mis familiares y amigos, pude reconstruir ese período, el más oscuro de mi vida. Por mi novio sé que desperté en el Hospital Saint Luke luego de sufrir el ataque. Aunque mi tomografía no mostró nada, mi comportamiento era cada vez más extraño.
 
—Me estoy muriendo por el melanoma —le dije a mi novio, aunque me habían tratado con éxito de ese cáncer cinco años antes.A gritos amenacé con demandar a los médicos, ya que estaba convencida de que querían terminar conmigo. Pero incluso después del ataque y los delirios paranoicos, el neurólogo no parecía preocupado.
 
—Quizá sea la abstinencia alcohólica —nos dijo a mi madre y a mí.
 
Nos quedamos atónitas. El médico estaba seguro de que yo era alcohólica, ¡y rara vez bebía! Mi familia guardó mi ropa y me llevó a la casa de mi madre, donde fui de mal en peor. Dejé de dormir, y me negaba a comer. No podía controlar mis pensamientos incoherentes. Me convencí de que era bipolar y que tenía una crisis nerviosa. Después sufrí otro ataque convulsivo en la sala, y dejé manchada la alfombra con saliva y sangre. Abrumada, mi mamá me dejó una noche en casa de mi padre. Mis delirios empeoraron. Empecé a golpear la puerta de mi cuarto, gritando “¡Sáquenme de aquí!” Imaginé que mi padre había asesinado a su esposa.
 
Al día siguiente mi madre, mi padrastro y mi novio me llevaron de vuelta al neurólogo para que me hiciera un electroencefalograma. En el camino, abrí la puerta del auto y traté de saltar fuera. Mi novio me agarró con fuerza para que no volviera a intentar huir, y yo grité hasta que llegamos al consultorio. Angustiados por mi creciente paranoia, y a pesar de las vacilaciones del neurólogo, mi mamá y su esposo me llevaron al Centro Médico Langone de la Universidad de Nueva York. Mientras esperaba una cama, sufrí mi tercer ataque convulsivo, y me trasladaron al piso de epilepsia. Allí, me pegaron cables a la cabeza, y empezaron a vigilarme con dos videocámaras ubicadas en el techo.
 
En dos ocasiones me arranqué los electrodos de la cabeza, me quité la sonda intravenosa y corrí por los pasillos, gritando. Las enfermeras me atajaron, me inmovilizaron y me inyectaron un sedante. Es difícil para mí recordar las cosas que creía en mi locura. Cuando encendía la televisión, me imaginaba que estaba en las noticias y que había camiones de la prensa fuera de mi habitación. Pensé que mi compañera de cuarto grababa mis conversaciones y que hablaba de mí en portugués con su familia.Transcurrieron dos semanas. Día tras día, nuevos médicos venían a examinarme: internistas, inmunólogos, especialistas en enfermedades infecciosas, psiquiatras y psicofarmacólogos. Me hacían estudios de resonancia magnética, ecografías, radiografías, tomografías e infinidad de análisis de sangre. Todas las pruebas salieron negativas. Nadie podía darles a mis padres un diagnóstico. Mi padre venía por la mañana a darme el desayuno; mamá me visitaba en las tardes, y mi novio se quedaba conmigo todas las noches hasta que me dormía. No faltaron ni un solo día. Papá rezaba. “Le he pedido a Dios que me lleve de aquí o que haga conmigo lo que le plazca, pero que ayude a Susannah”, escribió en un diario que llevó durante ese tiempo.
 
 
Mis delirios paranoicos empezaron a ceder en la medida que aumentaba la dosis de los ansiolíticos que me prescribieron, pero mi condición general empeoraba. Ya no podía leer. Mi lengua se enroscaba, lo cual me dificultaba hablar, y también me costaba trabajo caminar. Mis amigos cercanos estaban alarmados por mi pasividad y mis incoherencias.
 
Souhel Najjar
 
Los psiquiatras comenzaron a hablar de un hombre milagroso, el doctor Souhel Najjar. Me dijeron que él podría averiguar qué me estaba ocurriendo. Mi madre pidió reunirse con este especialista y, luego de que dos punciones lumbares arrojaron altos conteos de glóbulos blancos —señal de inflamación cerebral—, el caso fue asignado oficialmente al doctor Najjar, neurólogo, neuropatólogo y epileptólogo del Centro Médico de la Universidad de Nueva York. Mi familia se sintió animada por la confianza de Najjar. El doctor me tomó de las manos y dijo:
 
—Voy a averiguar qué es lo que tienes y a arreglarlo.
 
Entonces me dio papel y lápiz, y me pidió que dibujara un reloj. Tomé el lápiz, tracé un círculo y, sintiéndome un poco desconcertada, dibujé el cuadrante del reloj. Al observar el dibujo, mis padres se quedaron estupefactos: todos los números estaban escritos en el lado derecho de la carátula del reloj, y ninguno en el izquierdo. El médico ahora tenía cinco pistas: los ataques convulsivos, la catatonia, la presión arterial alta, el elevado conteo de glóbulos blancos en las punciones lumbares y el reloj extraño. Era la prueba preliminar de que tenía yo inflamado el lado derecho del cerebro (que controla el lado izquierdo del cuerpo). Najjar dedujo que padecía algún tipo de encefalitis autoinmune: inflamación del cerebro causada por un ataque de anticuerpos.
 
Para confirmar su diagnóstico, envió muestras de mi sangre y líquido cefalorraquídeo a Josep Dalmau, un neurólogo de la Universidad de Pensilvania, pero los resultados tardarían dos semanas en llegar. Entre tanto, el doctor Najjar ordenó que me hicieran una biopsia de cerebro. Al día siguiente, me llevaron al quirófano para la operación. Mientras me cortaban el cerebro, recuerdo que abrí los ojos y dije algo así como “Estoy despierta”. El anestesiólogo me miró y, asustado, soltó una palabrota. Mi mamá cree que tan sólo fue una alucinación más que tuve. A mí me pareció muy real, pero no puedo confiar en mi mente.
 
Los análisis de sangre y líquido cefalorraquídeo revelaron la presencia de unos raros anticuerpos lamados antirreceptor N-metil-D-aspartato, o encefalitis por anticuerpos contra el receptor NMDA. Pronto supe que los receptores del lóbulo frontal de mi cerebro (responsable de las funciones cognitivas superiores) y de los lóbulos temporales (considerados el centro emocional del cerebro) se hallaban bajo el asalto del sistema inmunitario; es decir, que mi cuerpo estaba atacando a mi cerebro. El doctor Dalmau descubrió estos anticuerpos en 2007 y les puso nombre. Hasta entonces, se diagnosticaba mal a las personas que padecían este tipo de locura, y que a menudo terminaban recluidas en hospitales psiquiátricos, o muertas. Aunque los expertos no están seguros de las causas de la encefalitis por anticuerpos contra el receptor NMDA, creen que es ocasionada por una predisposición genética combinada con un detonador ambiental. Según los estudios de Dalmau, aparece a los 20 años, en promedio, y 75 por ciento de los afectados son mujeres. Todos presentan formas de conducta psicótica, y algunos de ellos, catatonia. Unos ocho de cada 10 sufren ataques convulsivos.
 
El doctor Najjar calculó que, cuando me detectaron la enfermedad, casi un 90 por ciento de los casos no se diagnosticaban; bien podría haber terminado encerrada en una institución mental por el resto de mi vida. De hecho, fui la primera persona diagnosticada con esta enfermedad en la historia del Centro Médico Langone. Najjar se apresuró a darme un tratamiento. Primero, inmuno globulina por vía intravenosa, la cual reduce la cantidad de anticuerpos “malos” que atacan el cerebro; después, dosis grandes de esteroides, que también reducen la inflamación. Finalmente, me conectó a una máquina de plasmaféresis, a fin de eliminar los anticuerpos dañinos por vía intravenosa a través del cuello. El tratamiento inicial duró cerca de una semana, y luego me sentí lo suficientemente bien para ser dada de alta del hospital. Seis meses después, aún tomaba esteroides, pero ya había regresado al trabajo. Al cabo de un año, los médicos me dijeron que estaba totalmente recuperada.
 
 
En la actualidad, al hojear el diario de mi padre, siento como si estuviera leyendo acerca de una mujer desconocida. “Lo único que supe es que seguía viva y que su espíritu estaba intacto”, escribió mi padre al final, palabras que me conmueven hasta las lágrimas. “Hubo más internaciones para tratamientos, más consultas médicas y un montón de medicamentos, pero mi niña iba de camino a casa”.
 

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